Hostal Europa  caterserve  sobre la creación 

La inteligencia, ¿extraterrestre o animal?

Si la inteligencia proviniera del exterior, y la inteligencia es vida, pongamos que de una célula congelada en un meteorito, qué raro resulta que esa célula no se hubiera destruido en el impacto del meteorito con la superficie terrestre.

Pero todo es posible, por ejemplo el desprendimiento de una parte del meteorito que chocara plácidamente en un charco de agua en una situación de atmósfera inexistente o poco densa que impidiera su desintegración.

Muy difícil pero tal vez no imposible. Lo que no es de recibo es que se llegue a formular la posibilidad de que el homo sapiens vino en forma de inteligencia extraterrestre, diferenciada en dos sexos, con los genes de Adán y Eva. Y que de la misma forma, que miles de códigos genéticos lluevan del espacio extraterrestre en forma de animalitos y plantas dispuestos a asentarse cuando las condiciones climáticas y reproductivas sean propicias. Esto no tiene sentido.

 No tiene sentido que una inteligencia extraterrestre derive obligando a los únicos seres vivos con autoconciencia, los seres humanos, a aprender desde cero, a inventar el fuego, la rueda y a evitar las enfermedades. En el fondo no somos más que otros animales, evolucionados para ser los amos de la selva, no para ser más inteligentes sino para ser más listos y más adaptados al mundo de autocomplacencia en el que estamos sumergidos.

En resumen, queda patente que los humanos somos unos animales más, y por lo tanto queda absolutamente demostrado que la inteligencia del ser humano proviene de la inteligencia animal, si es que la tienen los animales.

 Pequeños saltos cuantitativos en la masa encefálica de los primates dieron lugar a un salto cualitativo en su forma de utilizar el cerebro. Así pues, la inteligencia debe ser algo que va surgiendo y aumentando paulatinamente y no de golpe por acción divina. En la Edad Media hubo muchos filósofos, árabes casi todos, que promocionaron el concepto de la doble verdad. Ellos aceptaban una cierta verdad filosófica, mientras que en terrenos que tenían que ver con la religión aceptaban otra “verdad” distinta.

A veces me siento tentado a hacer algo así porque, como ellos y me parece que como la mayoría de la gente, yo también tengo unas ciertas creencias religiosas, y no siempre me resulta fácil conjugar la realidad que percibo en el mundo natural con lo que la tradición cristiana se encarga de recordarme.

Pese a ello, no me parece que estén tan reñidas como algunos suponen. Permitidme que vuelva al ejemplo de la imprenta de Guttenberg.

Si a algún bibliotecario, pongamos, de la Biblioteca Nacional, se le ocurriese hacer una relación muy detallista de todos los libros de sus archivos, podría adoptar varios criterios. En este caso lo más lógico sería seguramente catalogarlos por temas, pero los podría ordenar también por autor, por número de páginas, por tamaño, por tipo de encuadernación, por antigüedad, por editorial, o por lugar de edición.

Supongamos que adopta este último criterio y que, además, lo compone con la fecha de publicación. Alguien podría pensar que ese criterio sería muy útil para escribir un capítulo, quizá fundamental, en la historia de la imprenta.

 Sin embargo, un poco de reflexión nos mostraría que con tales premisas probablemente se llegase a conclusiones falsas en cuanto al desarrollo de la imprenta. En este caso, tales conclusiones falsas podrían corregirse de inmediato acudiendo a estudios similares que se hiciesen en las bibliotecas más importantes de otras ciudades de todo el mundo.

 En un caso como la teoría de la evolución, o cualquier otra que se quiera dar sobre la cuestión del origen del mundo, de la vida o de la raza humana, me parece que no disponemos desgraciadamente de ninguna manera objetiva de contrastar los paradigmas interpretativos de la realidad.

Como para mí, pese a lo que dice Darwin, la multiplicidad y variedad de seres vivos me parece algo extraordinario, fuera de lo común, inexplicable por procesos mecanicistas, no puedo sustraerme a la calificación de que se trata de un milagro.

 En mi caso, al ser creyente, asocio de inmediato el milagro a un Creador y no a un milagro probabilístico. Respeto la idea de quienes creen que el origen de la vida se explica en la acción de un creador que se valió del proceso de la evolución, pero no la comparto. ¿El motivo? Si existe un base sólida para sustentar la evolución, adóptese como hipótesis (o incluso como axioma) con todas sus consecuencias y dejemos a Dios fuera del cuadro de la creación; si, por el contrario, y como creo, la base es poco sólida, no hace falta adoptarla ni como ayuda a la comprensión del milagro creativo.

 No pretendo haber descubierto algo sobre todos estos temas que los demás ignoren. No es así. Veo problemas no pequeños en las hipótesis interpretativas creacionistas y catastrofistas (otro paradigma que dista de la perfección), pero encuentro en ellas la ventaja comparativa de que sus explicaciones rara vez se pueda demostrar que nieguen o desfiguren realidades conocidas.

 A mí no me resulta ofensivo el concepto de que, desde el origen de la vida en este mundo, siempre haya habido representantes cercanos de todas las formas vivas que existen en la actualidad. Los que hayáis leído un mínimo de estos temas deberías rasgaros las vestiduras ahora mismo. ¿Qué he dicho? ¡Qué atrevimiento! O ¡qué insensatez! Permitidme que me explique.

 Según todas las hipótesis evolucionistas que conozco, hubo un tiempo en que no había ningún vertebrado terrestre. Todos eran marinos, o sea, peces. El cuento continúa diciendo que un buen día un pez con aletas pectorales particularmente robustas se acercó a la desnuda orilla de una playa ignota y, valiéndose de sus robustas extremidades, dio unos aletazos en tierra firme y, después, regresó al líquido elemento. Este pez, así dotado por la naturaleza, dejó sus genes aventureros a sus descendientes, pues así lo dispuso la selección natural, ya que era “más apto”.

 Esos descendientes emularon la gesta de su antecesor y la superaron con creces, pues fueron haciendo incursiones cada vez mayores en tierra firme hasta que uno de ellos, mucho tiempo después, claro está, podía ya tanto vivir en tierra firme como en el agua. Surgió así el primer anfibio, el ictiostega. Aunque el cuento (porque esto es como lo de la rana que se convierte en príncipe, en serio) continúa, permitidme que me detenga en el pez aventurero.

 No sé si el destino, si es que tal cosa existe, tuvo algo que ver en todo esto, pero el pez que eligieron los partidarios de las hipótesis de Darwin fue el celacanto. Se trataba de un antiguo pez que se había extinguido antes que los dinosaurios, hace más de 100 millones de años. Se sabía que se había extinguido porque no se conocía ningún ejemplar fósil en estratos ternarios ni cuaternarios, por lo que, como mucho, llegó al jurásico. Este pez, de fuertes aletas, se aseguraba que había sido uno de nuestros ancestros.

 Hubo cierta consternación en las filas darwinistas cuando unos pescadores encontraron ejemplares vivos de estas criaturas en el decenio de 1950. Estos peces se han estudiado y resulta que viven a bastante profundidad y, casualidad de casualidades, revientan si suben a la superficie.

 Mala cosa para un ancestro de todos los vertebrados terrestres. ¿Por qué cuento esta historia, diréis? Pues por dos motivos. El primero es que la encuentro particularmente jocosa. El segundo es que de este caso se deduce necesariamente que la ausencia de un tipo de seres de un estrato geológico no puede significar de ninguna manera la no existencia de tales seres en la época de deposición del estrato en cuestión.

 Evidentemente, si el último fósil conocido de celacanto es jurásico, pero sigue habiendo celacantos, es palmario que también los hubo en lo que los geólogos llaman cretácico, y en todas las fases de las eras terciaria y cuaternaria. Su ausencia de ellas puede ser fruto de mil factores desconocidos y a una mala interpretación de lo que representan esos estratos. Así de fácil. Pero si hubo celacantos en el terciario, también podría haber habido sardinas en el cámbrico, y habrían nadado libremente en los mares en cuyos fondos pululaban los trilobites. No conozco ningún argumento científico objetivo que pueda negar que en ese mismo mundo hubiera también dinosaurios y cavernícolas cazándolos.